Lo que toda agencia de comunicación debe saber antes de aceptar un cliente del sector salud

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Ganar un cliente del sector salud puede parecer el pelotazo definitivo. Y no es para menos: el sector salud genera en España más de 35.000 millones de euros al año y destina una parte nada despreciable a comunicación profesional. Laboratorios farmacéuticos, clínicas, aseguradoras, fabricantes de dispositivos médicos… todos necesitan comunicar. Y muchos buscan agencias externas para hacerlo.

El problema es que muchas agencias dan ese salto sin saber que están pisando otro planeta. Un planeta donde las reglas no son las del mercado convencional, donde una campaña aprobada por el cliente puede ser ilegal, donde un influencer que recomienda un producto puede exponer a la agencia a una sanción administrativa y donde la frontera entre información y publicidad es tan delgada que se necesita un bisturí, no un lápiz, para trazarla.

El sector salud no genera publicidad convencional

Cuando lanzas una campaña para una bebida energética o una app de productividad, el principal riesgo de un mensaje incorrecto es reputacional. Cuando lo haces para un medicamento o un servicio quirúrgico, el riesgo es otro: puede afectar a las decisiones médicas de pacientes reales.

Un mensaje que exagera los beneficios de un fármaco, omite sus contraindicaciones o sugiere usos no autorizados puede traducirse en prescripciones inadecuadas o abandono de tratamientos.

Por eso, la comunicación sanitaria no es comunicación de marca con un glosario técnico añadido, sino que es un género propio, con sus propios actores y sus propios riesgos. El ecosistema de clientes es variado (laboratorios, fabricantes de dispositivos médicos, clínicas, aseguradoras, asociaciones de pacientes) y cada categoría tiene su propia normativa, por lo que las reglas que aplican a un laboratorio no aplican necesariamente a una clínica, y viceversa. El primer trabajo de la agencia es, sin duda, identificar exactamente dónde encaja su cliente.

El mapa normativo que debes tener en la cabeza

Trabajar con un cliente de salud sin conocer el marco regulatorio es como conducir sin haber abierto nunca el código de circulación. Funciona hasta que no funciona.

En España, el sistema tiene varias capas superpuestas: legislación europea, normativa estatal, competencias autonómicas y autorregulación sectorial. No es moco de pavo. Aquí presento las piezas principales:

Norma / CódigoTipoQué regulaQuién fiscaliza
RD 1416/1994Ley estatalPublicidad de medicamentos de uso humanoAEMPS / CCAA
RD 1907/1996Ley estatalPublicidad con pretendida finalidad sanitariaCCAA / Sanidad
Nuevo RD Productos Sanitarios (en tramitación)Ley estatalPublicidad de dispositivos médicos y diagnósticoAEMPS / CCAA
Código Farmaindustria (v. 2023)AutorregulaciónPromoción de fármacos de prescripción, relaciones con profesionales y mediosJurado Autocontrol
Ley General de Publicidad (34/1988)Ley estatalPublicidad ilícita, engañosa y deslealTribunales / Autocontrol
Reglamentos UE 745/2017 y 746/2017Normativa europeaProductos sanitarios y diagnóstico in vitroComisión Europea / AEMPS

Hay un dato que suele pillar desprevenidas a las agencias… y es que el Real Decreto 1907/1996 señala explícitamente que las agencias de publicidad no admitirán materiales que contravengan la normativa sanitaria. En otras palabras, si ejecutas una campaña ilegal porque el cliente insistió, no puedes alegar ignorancia. El desconocimiento no exime de la sanción. Además, el nuevo Real Decreto de publicidad de productos sanitarios (en tramitación tras la audiencia pública de 2024) extiende la regulación a todos los canales digitales, estableciendo restricciones para influencers y bloguers, y diferenciando entre productos de alto y bajo impacto sanitario.

¿A quién va dirigida la comunicación? La pregunta que lo cambia todo

Ante cualquier briefing de salud, la primera pregunta es: ¿a quién va dirigida esta comunicación? Y es que, la respuesta, determina casi todo lo demás: formatos permitidos, mensajes posibles, actores que pueden aparecer y trámites administrativos necesarios.

Si va dirigida a profesionales sanitarios (médic@s, farmacéutic@s, enfermer@s…), es posible hablar de medicamentos de prescripción, presentar datos clínicos y discutir indicaciones autorizadas. Los formatos típicos son revistas médicas, materiales de visita médica, congresos científicos, plataformas de acceso restringido y webinars certificados, entre otros.

Si va dirigida al público general, los medicamentos de prescripción están completamente prohibidos. Solo pueden anunciarse los OTC (sin receta) y los productos sanitarios autorizados. Además, se requiere autorización autonómica previa y no puede basarse en recomendaciones de profesionales sanitarios.

Las zonas grises abundan. Una clínica privada puede anunciarse al público general con relativa libertad, pero si en ese anuncio aparece un médico recomendando un tratamiento concreto o se mencionan fármacos con indicaciones clínicas, el material puede estar infringiendo la normativa aunque el cliente jure que «es solo comunicación corporativa».

Y otro territorio subestimado: las campañas de disease awareness o la comunicación sobre una enfermedad sin mención de marca. Este tipo de iniciativas buscan aumentar el diagnóstico de una patología o educar al público sobre sus síntomas y, aunque no promueven directamente un fármaco, cuando las financia un laboratorio con intereses en esa patología, están sujetas a restricciones y deben cumplir criterios de independencia editorial. Muchas agencias las tratan como si fueran divulgación pura y realmente no lo son.

El asesor médico: deja de tratarlo como un lujo

Muchas agencias generalistas cometen el mismo error: consideran que la revisión médica es responsabilidad exclusiva del cliente. La agencia produce, el cliente valida.

Pero este modelo tiene grietas. La primera es la velocidad, ya que esperar a que cada pieza pase por el cliente genera cuellos de botella (y luego, todo son prisas). La segunda es más profunda porque si la agencia no entiende por qué un mensaje es problemático, seguirá proponiéndolo.

El papel del asesor médico no es el de un censor que veta textos, sino que es como un traductor y cartógrafo capaz de convertir el lenguaje científico en comunicativo y que, además, conoce el mapa de lo que es posible, arriesgado o directamente prohibido. En la práctica, sus funciones incluyen:

  • Revisar la precisión científica de todos los materiales antes de entrar en producción.
  • Validar que las afirmaciones sobre eficacia o seguridad están respaldadas por evidencia y corresponden a indicaciones autorizadas.
  • Identificar mensajes que podrían constituir indicaciones off-label no autorizadas.
  • Formar de manera continua al equipo creativo y de cuentas sobre el entorno clínico del cliente.

Para agencias que no pueden asumir este perfil a tiempo completo, el consultor médico por proyecto es una solución eficiente. Pero, lo que no es recomendable, bajo ningún concepto, es prescindir de él confiando en que «el cliente lo revisará».

Influencers, médicos en redes y la trampa del branded content

El marketing de influencia ha llegado al sector salud. Cuentas de Instagram con millones de seguidores hablan de oncología o salud mental,; sin olvidar a los médicos con presencia masiva en TikTok. Para muchas agencias, parece una oportunidad obvia. Lo es. Y, también, un campo de minas.

Un influencer no puede hacer publicidad de medicamentos de prescripción al público general, independientemente de sus seguidores o su formación sanitaria. Así, para productos OTC y sanitarios, la colaboración es posible si se cumple con la normativa: veracidad, equilibrio, autorización autonómica cuando corresponda y etiquetado claro del contenido como publicidad.

Los médicos con presencia pública añaden complejidad, ya que la normativa prohíbe que avalen o recomienden productos en publicidad dirigida al público general. Es decir, si un médico publica contenido sobre un medicamento de un laboratorio con el que tiene contrato, sin declarar ese conflicto de interés, el médico, el laboratorio y la agencia pueden estar incumpliendo.

Por último, la trampa más habitual viene de la mano del branded content encubierto. Es decir, artículos de aspecto periodístico o vídeos que parecen contenido editorial pero están financiados por un laboratorio. El Código de Farmaindustria es claro en este sentido: si el contenido tiene carácter promocional (aunque a priori no lo parezca), solo puede dirigirse a medios especializados con audiencias profesionales.

El checklist que toda agencia de comunicación en salud debería tener plastificado en la mesa

El cliente de salud está en la reunión, el briefing sobre la mesa, pero… antes de firmar, responde a estas preguntas:

Producto:

  • ¿Es un medicamento con o sin receta? ¿Qué indicaciones tiene autorizadas por la AEMPS?
  • ¿Es un producto sanitario? ¿Tiene marcado CE?
  • ¿El cliente está adherido a Farmaindustria? ¿Conocemos su proceso MLR (Medical, Legal, Regulatory)?

Campaña:

  • ¿A quién va dirigida: profesionales sanitarios, público general o ambos?
  • ¿Disponemos de la autorización autonómica si hay publicidad al público general?
  • ¿Intervienen profesionales sanitarios? ¿Cómo se documenta su relación con el cliente?
  • ¿Se plantea el uso de influencers? ¿El producto puede anunciarse al público general?
  • ¿El contenido incluye afirmaciones sobre eficacia o seguridad? ¿Cuál es su base bibliográfica?

Agencia:

  • ¿Contamos con un asesor médico que revise los materiales antes de producción?
  • ¿El equipo tiene formación básica sobre normativa del sector salud?
  • ¿El contrato establece con claridad quién es el responsable final de la validación regulatoria?

En el sector salud hay clientes que presionan para hacer más de lo que las normas permiten: «todos lo hacen», «nadie lo controla», «esto es solo información, no publicidad». ¿Te suenan? Estas son frases que cualquier agencia con experiencia en el sector reconoce al instante. Y si las oyes todas en la misma reunión, no es una luz de alarma lo que debería encenderse… es la puerta de salida.

La postura correcta no es la sumisión ni el enfrentamiento, sino la educación acompañada de alternativas sabiendo  qué se puede hacer dentro de los límites. Y, obviamente, el rechazo de un proyecto en el que el cliente pide cruzar líneas rojas es, a largo plazo, la decisión más inteligente.

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